dimecres, 28 de juliol de 2010

La de la foto es María.

A pesar del tono de mis sueños, Henry Chinaski no estaba al otro lado de la cama. Tampoco había preparado el café Hank Moody, por lo que he optado por iniciar mi rutina de cada mañana de verano: volverme a dormir. Empiezo a pensar en que, cuando me vaya, creo que lo que de verdad echaré de menos será cómo he sido yo hasta entonces. Quiero decir que una vez fuera, lo que pierdes para siempre es la persona que has sido en tu lugar de origen. Como dicta mi rutina, siento el dolor que caracteriza mi falta de suavidad, y a veces, pero solo pocas veces, repaso las fotos que hay colgando en la pared. No sé si escribir “la pared” o “mi pared”, porque siento que no soy lo suficientemente buena para nadie. Repaso todos los errores cometidos, y los días de menos calor, incluso en aquello que debería hacer antes de que se acabe la jornada. Los días que te levantas con una ilusión en mente tu cuerpo se llena rápidamente de energía y con el mínimo esfuerzo haces las cosas bien y rápido. Trabajar rodeada de hombres trajeados produce una pequeña ilusión que resulta bastante parecida.

Pero no sé a quién pretendo engañar, si los hombres que me gustan de verdad son los músicos. Y cuando se quiere a un músico, tu ego es completamente eclipsado por el suyo, no te deja opción de más, es la única forma sincera de querer a un músico. Me lo dijo una vez mi madre que a su vez de lo dijo su madre, que es mi abuela y dice que esa teoría es invención suya, pero todos sabemos lo que le gusta a esta mujer atribuirse méritos ajenos.